La polémica de Sabarimala

Uno de los lugares más sagrados de Kerala (aunque no hay evidencia de que lo fuera hace más de cien años, cuando una familia de brahmanes se hizo con el lugar, un santuario muy querido por las poblaciones tribales de la región), es el templo de Sabarimala, incrustado en las frondosas montañas del estado. El santuario, a casi mil metros de altura, recibe devotos durante todo el año (¡diez millones!), pero de forma especial entre noviembre y enero, cuando tiene lugar una de las peregrinaciones más multitudinarias del sur de la India. El templo está dedicado a Ayyappa (desde hace unas décadas, símbolo del nacionalismo keralita), que según las mitologías tradicionales fue engendrado por la diosa Rohini (una forma de Vishnu travestido en hermosa mujer) y el dios Shiva.

La peregrinación a Sabarimala es clásica entre las de corte ascético. El ethos es marcadamente masculino: los peregrinos se sienten “renunciantes”, que ayunan antes de partir. Durante los 42 días de viaje se sigue un régimen estrictamente vegetariano; se visten ropas negras o sin colores; la mayoría van descalzos. Mucho énfasis se pone en la castidad y –héte aquí la polémica– en la exclusión de las mujeres sexualmente maduras (de entre 10 y 50 años; es decir, en edad menstruante).

Distintos grupos feministas han luchado durante años para que este tipo de restricciones sean levantadas. Cosecharon un gran éxito en agosto de 2016 cuando el Tribunal Supremo dictaminó que las mujeres tenían el mismo derecho que los varones a peregrinar a la famosa mezquita Haji Ali Dargah de Mumbai. Dos años después, la misma instancia jurídica (la más alta del país) ha vuelto a dictaminar que las mujeres pueden entrar en el santuario de Sabarimala, ya que –en un tono inusualmente contrario a la idiosincrasia patriarcal que tiñe a la mayoría de religiones– dice que las restricciones impuestas por el comité que dirige el templo «no son prácticas religiosas esenciales». De hecho, estas restricciones forman parte de los obsoletos tabúes que la ideología brahmánica impone sobre la mujer india en su período de menstruación (considerado de la máxima impureza); tabúes que la sociedad más tradicionalista india procura mantener (aunque ya solo en este tipo de reductos).

La decisión del Tribunal Supremo (inicialmente bienvenida por casi todos los grupos políticos) desató una inesperada protesta popular. Rápidamente, las asociaciones más conservadoras (como el Sangh Parivar y hasta secciones del partido del Congreso) se alinearon con los más tradicionalistas, que perciben que las “tradiciones hindúes” son puestas en cuestión. Disturbios, amenazas de muerte, agresiones a las pocas osadas que intentaron realizar la peregrinación en octubre, fake news, huelgas de hambre en contra del Tribunal Supremo, destrozos en viviendas y oficinas de líderes de opinión de izquierdas… siguen empapando la polémica.

Sin embargo, ni tales tradiciones parecen ser tan tradicionales (ninguna mención a las restricciones en Sabarimala antes de finales del siglo xix), ni fueron tan rígidas (conocidas son las visitas de la maharaní de Travancore en los 1940s, de la estudiosa Radhika Sekar en los 1980s, incluso de las tribales en la década de los 1920s). Como muy bien saben los keralitas (una de las sociedades más activas en lo que a transformación social respecta), tradiciones “inmemoriales” como que los intocables no entraran en los templos de los hindúes “de casta”, o que sus niños no pisaran las escuelas del gobierno o que las mujeres de castas bajas no se cubrieran los senos (en imitación a las de casta alta) fueron demolidas por diferentes campañas de acción social, desde mediados del siglo xix hasta el presente. Las mujeres de Kerala tienen hoy suficientes razones para pensar que otra práctica de la masculinidad de alta casta se tambalea.